Los amores fingidos: hibridación de clasicismos como decidida apuesta por la modernidad

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Los amores fingidos: hibridación de clasicismos como decidida apuesta por la modernidad

Muchos de los aspectos más destacables de Los Amores Fingidos provienen, en realidad, de una obra extensa anterior que aún no ha visto la luz debido tanto a su longitud como a las complejidades genéricas que encierra. A medio camino entre la novela y el serial teatral, y sin saber yo mismo si es una obra para leer o representar, escrita también en verso, El Telar de Penélope, que atribuyo a un autor desconocido del siglo XVII llamado Antares, ha sido la fuente de inspiración de muchos de los aspectos que, personalmente, considero más innovadores y que he trasladado a la comedia Los Amores Fingidos.

Uno de los objetivos que me propuse al redactar Los Amores Fingidos fue investigar si era posible la hibridación del clasicismo literario español y el clasicismo cinematográfico, aplicando esta arriesgada combinación a las problemáticas actuales. Es evidente que los hablantes de español tienen una conciencia del clasicismo literario, y la educación a lo largo de generaciones ha contribuido a construir una historia de este clasicismo a través de asignaturas como la historia de la literatura. Sin embargo, para muchos españoles, el término «clasicismo» conlleva connotaciones negativas, asociadas con el aburrimiento y lo antiguo, con mueble viejo, con ranciedad. Es común escuchar a personas presumir de no haber leído nunca El Quijote de Cervantes. En contraste, en los planes educativos anglosajones, se enseña la historia de la literatura nacional, incluyendo a Shakespeare, sin que nadie cuestione su relevancia o contemporaneidad. El cine es un claro ejemplo de cómo las obras de Shakespeare han perdurado a través de adaptaciones cinematográficas, desde las primeras adaptaciones mudas, hasta las obras de directores como Laurence Olivier, de Kenneth Branagh, o incluso adaptaciones libres como las que hizo el gran Akira Kurosawa en películas como Trono de sangre o Ran.  La extraña idiosincrasia de un país como el nuestro, lleno de tertulianos de salón, de pintorescos ministros de cultura,  y de un púbico con una escasa formación cultural, ha hecho que el fenómeno inglés no pueda importarse a nuestro país. ¿Qué país puede alardear de no haber leído El Quijote? ¿Es lo mismo en Gran Bretaña? ¿Sucede lo mismo, incluso, en Colombia con Cien Años de Soledad? El Quijote se asocia comúnmente con el aburrimiento, y la literatura clásica y las grandes obras del Siglo de Oro apenas han sido adaptadas al cine, con excepciones como algunas versiones de La Celestina y la magnífica adaptación de Pilar Miró de El Perro del Hortelano. La idea de llevar al cine una obra en verso parece ser una especie de suicidio cultural. Sin embargo, la cinematografía francesa no ha tenido reparos en adaptar sus grandes obras clásicas o modernas, incluso en verso, como lo demuestra la gran adaptación de Cyrano de Bergerac.

En el mundo anglosajón, el clasicismo literario parece estar alineado con un clasicismo cinematográfico, como demuestran las continuas adaptaciones de las obras de Shakespeare. En Francia, por otro lado, el cine se ha enriquecido con su gran tradición literaria. Sin embargo, en España, en la época contemporánea, esta sinergia entre el clasicismo literario y el cinematográfico no ha sido tan evidente. Pareciera que el clasicismo literario y cinematográfico en España fueran como dos islas hermanas que se intuyen cercanas, pero que apenas han llegado a conocerse: se argumenta incluso que el problema con las obras clásicas españolas radica en la dificultad de adaptar aspectos discursivos de la época que poco tienen que ver con nuestras preocupaciones actuales.

Para muchos de nuestros contemporáneos, conceptos preestablecidos como la honra, el honor y la virginidad pesan como una losa. Mientras tanto, se nos dice que Shakespeare sigue siendo relevante porque habla de las pasiones del alma humana. Así, Shakespeare se convierte en un clásico perpetuamente moderno, mientras que autores como Lope de Vega, Cervantes y Calderón son vistos como escritores clásicos perpetuamente viejos, que solo hablan de la honra y del honor, y que tienen encerradas a nuestras mujeres en casa. ¿Realmente alguien ha leído a nuestros clásicos? ¿Alguien ha leído al menos varias comedias de Lope, Tirso o Calderón y ha sido consciente de la cantidad de enredos y equívocos sexuales que se producen en numerosas obras, utilizando el tópico de la mujer vestida de hombre? ¿Deberíamos descartar a Flaubert porque en La educación sentimental nos cuenta un romance que nos mantiene en vilo entre el joven Frédéric Moreau y una mujer mayor casada, Madame Arnoux, y al final no logra consumarse?

Lo que me permitido mostrar con Los Amores Fingidos es que nuestros clásicos, aquellos que escribieron en lengua española, una lengua que nos une como millones de personas y que comparte una vasta cultura, son tan modernos o incluso más que Shakespeare. Esto nos permite hibridar de manera insólita y vanguardista nuestro patrimonio clásico literario con el clasicismo cinematográfico, incluso con el gran clasicismo cinematográfico de Hollywood.

Para comprender la intención de Los Amores Fingidos, es necesario hacerlo desde esta perspectiva, para entender cómo hemos construido el guion original de nuestra historia. Si bien nuestros puntos de partida, tanto formal, contextual e histórico, han sido nuestros clásicos como Lope, Calderón o Tirso, con la consciente utilización del verso como una reivindicación vanguardista, nuestra referencia temática principal también ha sido la comedia clásica norteamericana. Ya hemos discutido en otra parte la influencia de los cuentos populares en la construcción de la trama de «Los Amores Fingidos». Si bien hemos utilizado una plantilla narrativa basada en el folclore, también es cierto que el punto de partida de nuestra idea original se encuentra en el cine clásico, en particular en la comedia clásica norteamericana, y en uno de los mejores directores de la historia del cine, el gran Billy Wilder. Conexiones que establecen un continuo diálogo entre comedias como Con faldas y a lo loco y Los amores fingidos, o, como veremos en el último capítulo, con otras grandes comedias como ¿Qué me pasa, doctor? de Peter Bogdanovich.  Si el recurso de la mujer vestida de hombre ya estaba presente en los clásicos españoles, con situaciones incluso escabrosas como en algunas obras de Tirso; sumémosle el recurso del hombre vestido de mujer y nos encontramos con una comedia de travestismo como «Los Amores Fingidos». Teresa, siguiendo el modelo del teatro clásico español, utiliza el recurso de disfrazarse de hombre, mientras que Ernesto acaba disfrazándose de mujer, siguiendo el modelo de Con Faldas y a lo Loco. Recordemos que Jack Lemmon y Tony Curtis utilizan este recurso para huir de un terrible gánster en Con Faldas y a lo Loco, mientras que Ernesto se disfraza de mujer para escapar de las garras del terrible Jaque de Mairena en Los Amores Fingidos. Eso sí, sin olvidar, homenajes textuales más que evidentes como el glorioso texto final de Con faldas y a lo loco: “Nadie es perfecto”. Fusión de dos clasicismos para crear una obra moderna, demostrando así que nuestros clásicos no están pasados de moda, que pueden codearse con las comedias de Hollywood,  para demostrar que quizá lo que esté demodé sea una actitud vieja y recalcitrante, que quizá proceda de trasnochados prejuicios ligados a nuestra reciente historia contemporánea y a las luchas contra un dictador de que cuyo nombre no quiero acordarme.

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