Vida y obra de Antares: una más que incierta Biografía
A finales del siglo XVI nació en Aragón quien sería conocido en los círculos teatrales de la época por el seudónimo de Antares. Muy pocos son los datos biográficos que tenemos de este autor, cuyo nombre real todavía hoy nos es desconocido, y los pocos apuntes de los que disponemos proceden de la sucinta reseña que el crítico literario Florencio Betés legó para la posterioridad en su obra Los libros perdidos (1868), una suerte de pequeña enciclopedia de libros y autores desaparecidos eliminados por la crítica literaria o excluidos de la Historia de la Literatura por motivos espurios.
La ficha que Betés dedica a nuestro personaje es, en verdad, muy escueta, si bien nos aporta algunos breves y enigmáticos destellos, ráfagas de refrescante e inesperada información, efímeras llamaradas de esotéricos misterios: que fue autor, se nos dice, de numerosas comedias en verso, de varios dramas, y de algún que otro poemario de sonetos; de una égloga titulada Pirineos, escrita en octavas reales; y de una extensa novela en verso titulada El telar de Penélope que nunca vio la luz. Entre las comedias más brillantes de Antares se encuentran, y cito textualmente, “Los amores fingidos, comedia en tres jornadas, perteneciente a la tetralogía que el escritor aragonés dedicó al Amor, y de la cual formarían parte también Los amores perdidos, Cuatro bodas, dos amigos y Los amores ridículos”. Nada se nos dice acerca de los años de composición o el estreno en las tablas de estas obras que, pensamos, estarían escritas muy próximas en el tiempo, presumiblemente en la tercera década del siglo XVII o, como tarde, en los primeros años de la década siguiente como el caso seguro de Los amores fingidos.
Escritor molesto, agrio y crítico con su tiempo, pero no por ello falto de sentido del humor, nos advierte Betés, no dudó, a diferencia de sus contemporáneos, en lanzar dardos certeros contra las altas instancias del poder, contra la nobleza, contra la holgazana hidalguía, contra la inútil y belicosa política del Imperio, e incluso contra el mismo rey. Sin llegar tan ni siquiera a la veintena, ya tachó a Felipe II de tirano y rey autoritario y cruel, como consecuencia de las alteraciones que vivió la ciudad de Zaragoza en 1591, que concluyeron con la decapitación del Justicia de Aragón, don Juan de Lanuza, y que él presenciaría a la edad tan solo de quince años; a Felipe III lo calificó de rey pelele, un simple títere cuyos hilos movía su valido —su enemistad con el duque de Lerma, le supuso el exilio en Nápoles en la corte que frecuentaban los hermanos Argensola—; e incluso llegó a ridiculizar en sus escritos el carácter lascivo y lujurioso del rey Felipe IV, a quien llegó a denominar como Rey Padre, pues como rey era el padre del Reino, y como padre, el de muchos de sus súbditos. Muchos fueron los temas que el escritor aragonés trató en sus escritos; no solo algunos de ellos hoy se nos revelan de una enorme novedad, sino que nos sorprende que pudieran haber sido escritos en ese tiempo: el travestismo, la homosexualidad, el lesbianismo, el cuestionamiento de la monarquía, el ataque al poder establecido, el pacifismo, un desmedido amor a la Naturaleza—casi ecologista, diríamos hoy en día—, la ácida critica contra la Iglesia y la Inquisición, la denuncia del papel represivo que la mujer sufría en su tiempo —cierto feminismo avant la lettre, podríamos decir hoy—, o el cuestionamiento del honor como discurso ideológico orientado al sostenimiento de un orden socialmente injusto, bárbaro y autoritario. En 1644, concluye el crítico aragonés, por orden del rey Felipe IV, la obra de Antares fue prohibida, sus libros quemados y sus manuscritos confiscados. “Un más que triste final —nos asegura Betés— para un autor que fue coetáneo de Lope de Vega, de Tirso o de Calderón y cuyos entremeses se codearon en el escenario con los del mismo Quiñones de Benavente y que gozó del favor del público y del reconocimiento de sus contemporáneos”.

Independientemente de su calidad literaria, aspecto este que dejaremos para más adelante —su obra no resiste una comparación con la de su maestro y admirado Lope de Vega—, nos surge de inmediato una pregunta que deberemos contestar a continuación. ¿Cómo ha sido posible, pues, el silencio que, como una losa, durante siglo y medio, ha sepultado la obra de uno de los escritores más novedosos de nuestro Siglo de Oro? ¿Ha sido acaso la impericia de la Filología, su inveterada torpeza, la manifiesta desidia con la que actuaron los historiadores de la literatura, al no inventariar como es debido la nómina de insignes escritores áureos, la principal causa de este injustificable yerro y omisión? Nada tan ajeno a la realidad, si tenemos en cuenta, además, el afán por describir y catalogar, el espíritu positivista que impera en la época, al que no son ajenos precisamente los filólogos decimonónicos. ¿Por qué, pues, la vida y la obra de Antares se han visto envueltas en esa niebla existencial que cuestionaba incluso su propia historicidad? La respuesta es asaz sencilla: ningún crítico literario, ningún filólogo de prestigio, ningún historiador de la literatura durante la segunda mitad del siglo XIX concedió el menor crédito a la labor crítica e historiográfica de Florencio Betés, quien acabaría sufriendo el mismo olvido que muchos de sus heterodoxos autores a quienes trató de dar voz y de resucitar entre la hojarasca perdida de la Historia, incluido el propio Antares.
Florencio Betés, un cuestionado historiador de la literatura
| VISITANTES | 7483 |
|---|
