Florencio Betés, un cuestionado historiador de la literatura

Supuesta imagen de Florencio Betés, historiador aragonés de la literatura del siglo XIX
Supuesta imagen de Florencio Betés, escritor y
crítico literario del siglo XIX, cuya imagen se refleja en el espejo.

Florencio Betés y su polémica con la crítica literaria contemporánea

Cierto que la filología oficialista reprochó a Florencio Betés, y con razón, la ausencia de textos editados o manuscritos que confirmara la existencia del comediógrafo áureo, cuando no puso en duda la fiabilidad de las fuentes sobre las que elaboró el erudito la pretendida biografía de Antares. ¿Dónde se encontraban comedias como Los amores fingidos, tantas veces citadas por Betés, o dramas como Los amores perdidos, o la monumental novela en verso El telar de Penélope? ¡Perdidas, quemadas o confiscadas!, respondía una y otra vez con acritud el crítico zaragozano, convertidas en cenizas, en polvo inquisitorial. ¿O acaso sus obras no habían sido quemadas o confiscadas y prohibidas en tiempos de Felipe IV? Pero todos los datos que el investigador daba a favor de su teoría, una miríada de pequeños rastros, nebulosas huellas y alambicadas elucubraciones, eran inmediatamente cuestionados, cuando no demolidos por la fría positivista visión de la Filología oficial.

Antares se convirtió en la metáfora de la lucha incansable entre dos visiones de la critica literaria, cuando no de la manera de entender la realidad: una batalla en la que no sólo estaba en juego la credibilidad del trabajo filológico de Betés, sino también la respetabilidad de instituciones como la Universidad, y la dignidad de las altas figuras que formaban parte de aquel Parnaso filológico. Dos visiones, dos actitudes antagónicas y excluyentes: la de un realismo pragmático, positivista, útil y provechoso, que apoyaba su trabajo en el método científico; y la de un idealismo estéril, inútil y romántico, que confiaba en la intuición, en la clarividencia y en la imaginación para asentar sus conquistas en el campo de las letras. ¿Cómo no correlacionar, a partir de ese momento, las dos actividades a las que se entregaron con afán y con terco empeño, por un lado, Marcelino Menéndez Pelayo, y por el otro, el propio Florencio Betés? Pasaré muy brevemente a explicarlas.

Antares: Historia de un trágico olvido

La Historia de los heterodoxos españoles, publicada por el escritor santanderino entre 1880 y 1882, que ha pasado por ser uno de los textos canónicos de la filología decimonónica, no sólo es un ejemplar y monumental inventario de las corrientes anticatólicas, de pensadores, filósofos y escritores tenidos por heréticos por el autor, sino también la respuesta calculada y meditada a las tesis de Florencio Betés, pues don Marcelino calla abiertamente cualquier mención a Antares, escritor áureo, herético, política y literariamente. A todas luces, tal desprecio tuvo que hacer mella en aquel espíritu atormentado que deseaba remover las sólidas bases de la Filología contemporánea. ¿Cuál fue la respuesta de Betés a lo que él consideró un auténtico ultraje, un irritante desaire, una provocación de su rival y contendiente? Creía Florencio Betés, y no le faltaba razón, que la idea de historiar el pensamiento y la obra herética en España de don Marcelino no había surgido por simple espontaneidad, sino de la fértil semilla que él había depositado con todo el cariño en su obra Los libros perdidos. Resentido, molesto y agraviado, los últimos años de su vida se nos antojan trágicos y sombríos, engolfado por entero, como pone de manifiesto en las últimas cartas enviadas a Dorotea, en una incesante investigación, en la desesperada búsqueda de un manuscrito o un libro que corroborara sus arriesgadas y quiméricas tesis, en una demanda tan alta y elevada como la que llevaron a cabo aquellos íntegros caballeros de la Tabla Redonda en busca de ese fantástico Grial que se les escapaba continuamente de las manos. Si ilusorio y ficticio resultó ser el Grial, no lo fueron, ni mucho menos, la ingente cantidad de textos que aquella invención dio a luz desde el siglo XII hasta el Renacimiento en las grandes lenguas europeas del momento. Un ejemplo más que evidente de cómo una quimera, una invención del imaginario acaba convirtiéndose en un fecundo manantial literario del que emanarán numerosos afluentes a lo largo de los siglos.

También con Antares pasaría algo parecido, pues del simple grano de arena depositado por Betés en la playa del conocimiento, de esa supuesta insignificante mentira o de esa malintencionada falsificación de la historia de la Literatura, como la calificaron sus enemigos, en suma, de esa sucinta ficha biográfica sobre Antares aparecida en Los libros perdidos, acabaría construyéndose todo un castillo de naipes de textos apócrifos posteriormente. Pero no adelantemos acontecimientos. El esfuerzo titánico del crítico aragonés, ya en las postrimerías de su vida, pareció finalmente dar los frutos esperados. Lo cierto es que, de la noche a la mañana, apareció la noticia en La España moderna del hallazgo por parte de Betés —nunca llegaría a decir dónde, ni en qué circunstancias— de un voluminoso legajo en el que se encontraban reunidas varias de las comedias citadas (Los amores fingidos, Los amores perdidos, Cuatro bodas, dos amigos y Los amores ridículos), la novela en verso inacabada, El telar de Penélope, amén de un drama titulado El cielo inalcanzable, o la comedia ¡Bienvenidos a Utopía!, obras que no habías sido inicialmente citadas en su ficha biobibliográfica por Florencio Betés. El descubrimiento no dejaría de provocar el previsible revuelo en los círculos especializados de la época y en esa parte de la crítica hostil, con Milá y Fontanals a la cabeza, que se aprestó a desafiar a Betés para que editara uno de estos manuscritos. Betés no se amilanó y encamino los últimos esfuerzos de su vida a la edición de uno de los manuscritos de Antares: Los amores fingidos, cuyo texto no llegó a publicarse completo en la cita revista La España moderna, sino tan solo las dos primeras escenas del primer acto, pues la muerte frustró sus esperanzas de reconocimiento.

Desdoblamiento interior y literatura dentro de la literatura

La invención de Los amores fingidos

  1. Los libros perdidos (1868), Zaragoza, Imprenta de García Herrera. ↩︎
  2. Paul Lafargue, el famoso escritor de El derecho a la pereza, quien, por cierto, deambulaba por España en aquellos días y acudiría al congreso secreto que se celebraría en Zaragoza en 1872. ↩︎
  3. La cuestión palpitante de Pardo Bazán, fue publicada en 1883, con prólogo de Clarín. ↩︎