Conocí la existencia de Florencio Betés de una manera casual. Tras la finalización de mi carrera de Filología Hispánica me vi envuelto en la realización de una Tesis de Licenciatura cuyo objetivo era rastrear la construcción de las imágenes que la literatura desde finales del siglo XVIII hasta el comienzo de la Guerra Civil había dado de Aragón y los estereotipos consiguientes que surgieron de los aragoneses asociados a esos discursos. Recuerdo que consulté el libro Los libros perdidos 1 por casualidad, en el Archivo Municipal de Zaragoza —ya en aquellos años andaba leyendo manuscritos teatrales, libros y revistas regionales, cualquier opúsculo o cualquier publicación que me ayudara en la búsqueda de los orígenes oscuros del fenómeno conocido como baturrismo, que por el tiempo me tenía obsesionado—. Nada de tan execrable corriente literaria encontré en el libro de Betés, pues este era una pequeña enciclopedia de autores olvidados cuya obra nada tenía que ver con mis intereses, por lo que mi consulta fue frívola y superficial, la típica del investigador o detective que se centra solo en aquellos datos que puedan llevarle a la resolución del caso y que desecha otros caminos que podrían resultar más sugestivos e interesantes. Muy poco sabía entonces de la obra del crítico zaragozano y muy poco seguiría sabiendo años más tarde, hasta que la vida me condujera por otros derroteros y acabara conociendo muchos de los datos que ahora estoy dando a conocer al lector.
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crítico literario del siglo XIX, cuya imagen se refleja en el espejo.
Florencio Betés y su polémica con la crítica literaria contemporánea
No cabe la menor duda de que Florencio Betés fue un hombre problemático en su época. Su trayectoria vital, combativa y siempre belicosa y revolucionaria, tanto en el campo de las letras como de la ideología, le enemistó con muchos de sus juiciosos y sesudos colegas que participaban en los claustros universitarios. Si injustos fueron, tal vez, sus ataques a Milá y Fontanals y a su discípulo Menéndez Pelayo, a los que llegó a atacar de mandarines del conocimiento, de haber formado una secta del espíritu dedicada a falsificar la Historia de la Literatura, no fue menos injusta la conspiración de olvido y de silencio que los prestigiosos filólogos y sus descendientes ejercieron sobre el crítico zaragozano. Tachado de astrólogo, de vidente, de nigromante, de embaucador, y de tantas otras supercherías, tildado de rabioso individualista, de anarquista, cuando no de marxista y de seguidor de Paul Lafargue 2 , no halló un lugar digno en toda la geografía española donde sentar cátedra, dejando para la posteridad antes de morir una inconclusa enciclopedia, una colección de cartas —destinataria de ellas fue una mujer de la época plenamente emancipada, Dorotea, con la que mantuvo una estrecha relación tanto intelectual como sentimental—, y un sentimiento de asco, de impotencia y de desaliento que le acompañaría hasta el final de sus días.
Que su objetivo era elaborar una Historia de la Literatura Española alternativa a la oficial, es evidente. Que puso todo su empeño en esta tarea titánica, con el claro deseo de denunciar los excesos de una casta comprometida, según él, en la perpetuación de una serie de escritores que habrían de construir la gran literatura nacional, totalmente orientada ideológicamente, en detrimento de aquellos autores olvidados o “vaporizados” en el lenguaje orwelliano, que serían injustamente desechados, es también incuestionable. Que su anhelo siempre fue, y fracasaría en su intento, el escribir una monumental anti-Historia de la Literatura, no hay nadie que pueda ponerlo en duda. Orientalista vocacional, familiarizado con la filosofía budista y con el taoísmo preferentemente, creía, no sin razón, que una y otra historia, la oficial y la anti-Historia, se necesitaban, como el yin y el yang se necesitan mutuamente, pues uno es la semilla del otro, y ambos están contenidos en el taiji, que es el principio de todas las cosas. Trágica conclusión la de esta ejemplar historia que estamos sacando a la luz, que la existencia de un escritor como Antares, de esta feliz luminaria de las letras áureas, se viera oscurecida no solo por la inquisitorial e injusta decisión de un tiránico monarca, como Felipe IV, sino por la moderna censura a la que, siglos después, fue sometido su crítico y descubridor, Florencio Betés, condenado a la negrura y a las sombras de un secular e injusto olvido.
Cierto que la filología oficialista reprochó a Florencio Betés, y con razón, la ausencia de textos editados o manuscritos que confirmara la existencia del comediógrafo áureo, cuando no puso en duda la fiabilidad de las fuentes sobre las que elaboró el erudito la pretendida biografía de Antares. ¿Dónde se encontraban comedias como Los amores fingidos, tantas veces citadas por Betés, o dramas como Los amores perdidos, o la monumental novela en verso El telar de Penélope? ¡Perdidas, quemadas o confiscadas!, respondía una y otra vez con acritud el crítico zaragozano, convertidas en cenizas, en polvo inquisitorial. ¿O acaso sus obras no habían sido quemadas o confiscadas y prohibidas en tiempos de Felipe IV? Pero todos los datos que el investigador daba a favor de su teoría, una miríada de pequeños rastros, nebulosas huellas y alambicadas elucubraciones, eran inmediatamente cuestionados, cuando no demolidos por la fría positivista visión de la Filología oficial.
Antares se convirtió en la metáfora de la lucha incansable entre dos visiones de la critica literaria, cuando no de la manera de entender la realidad: una batalla en la que no sólo estaba en juego la credibilidad del trabajo filológico de Betés, sino también la respetabilidad de instituciones como la Universidad, y la dignidad de las altas figuras que formaban parte de aquel Parnaso filológico. Dos visiones, dos actitudes antagónicas y excluyentes: la de un realismo pragmático, positivista, útil y provechoso, que apoyaba su trabajo en el método científico; y la de un idealismo estéril, inútil y romántico, que confiaba en la intuición, en la clarividencia y en la imaginación para asentar sus conquistas en el campo de las letras. ¿Cómo no correlacionar, a partir de ese momento, las dos actividades a las que se entregaron con afán y con terco empeño, por un lado, Marcelino Menéndez Pelayo, y por el otro, el propio Florencio Betés? Pasaré muy brevemente a explicarlas.
Antares: Historia de un trágico olvido
La Historia de los heterodoxos españoles, publicada por el escritor santanderino entre 1880 y 1882, que ha pasado por ser uno de los textos canónicos de la filología decimonónica, no sólo es un ejemplar y monumental inventario de las corrientes anticatólicas, de pensadores, filósofos y escritores tenidos por heréticos por el autor, sino también la respuesta calculada y meditada a las tesis de Florencio Betés, pues don Marcelino calla abiertamente cualquier mención a Antares, escritor áureo, herético, política y literariamente. A todas luces, tal desprecio tuvo que hacer mella en aquel espíritu atormentado que deseaba remover las sólidas bases de la Filología contemporánea. ¿Cuál fue la respuesta de Betés a lo que él consideró un auténtico ultraje, un irritante desaire, una provocación de su rival y contendiente? Creía Florencio Betés, y no le faltaba razón, que la idea de historiar el pensamiento y la obra herética en España de don Marcelino no había surgido por simple espontaneidad, sino de la fértil semilla que él había depositado con todo el cariño en su obra Los libros perdidos. Resentido, molesto y agraviado, los últimos años de su vida se nos antojan trágicos y sombríos, engolfado por entero, como pone de manifiesto en las últimas cartas enviadas a Dorotea, en una incesante investigación, en la desesperada búsqueda de un manuscrito o un libro que corroborara sus arriesgadas y quiméricas tesis, en una demanda tan alta y elevada como la que llevaron a cabo aquellos íntegros caballeros de la Tabla Redonda en busca de ese fantástico Grial que se les escapaba continuamente de las manos. Si ilusorio y ficticio resultó ser el Grial, no lo fueron, ni mucho menos, la ingente cantidad de textos que aquella invención dio a luz desde el siglo XII hasta el Renacimiento en las grandes lenguas europeas del momento. Un ejemplo más que evidente de cómo una quimera, una invención del imaginario acaba convirtiéndose en un fecundo manantial literario del que emanarán numerosos afluentes a lo largo de los siglos.
También con Antares pasaría algo parecido, pues del simple grano de arena depositado por Betés en la playa del conocimiento, de esa supuesta insignificante mentira o de esa malintencionada falsificación de la historia de la Literatura, como la calificaron sus enemigos, en suma, de esa sucinta ficha biográfica sobre Antares aparecida en Los libros perdidos, acabaría construyéndose todo un castillo de naipes de textos apócrifos posteriormente. Pero no adelantemos acontecimientos. El esfuerzo titánico del crítico aragonés, ya en las postrimerías de su vida, pareció finalmente dar los frutos esperados. Lo cierto es que, de la noche a la mañana, apareció la noticia en La España moderna del hallazgo por parte de Betés —nunca llegaría a decir dónde, ni en qué circunstancias— de un voluminoso legajo en el que se encontraban reunidas varias de las comedias citadas (Los amores fingidos, Los amores perdidos, Cuatro bodas, dos amigos y Los amores ridículos), la novela en verso inacabada, El telar de Penélope, amén de un drama titulado El cielo inalcanzable, o la comedia ¡Bienvenidos a Utopía!, obras que no habías sido inicialmente citadas en su ficha biobibliográfica por Florencio Betés. El descubrimiento no dejaría de provocar el previsible revuelo en los círculos especializados de la época y en esa parte de la crítica hostil, con Milá y Fontanals a la cabeza, que se aprestó a desafiar a Betés para que editara uno de estos manuscritos. Betés no se amilanó y encamino los últimos esfuerzos de su vida a la edición de uno de los manuscritos de Antares: Los amores fingidos, cuyo texto no llegó a publicarse completo en la cita revista La España moderna, sino tan solo las dos primeras escenas del primer acto, pues la muerte frustró sus esperanzas de reconocimiento.

La invención de Los amores fingidos
La reacción de la crítica ante su publicación fue previsible, pero no por ello menos brutal e inesperada: se le acusaba sencillamente de ser el autor de Los amores fingidos y de haber inventado la personalidad de un fantástico escritor llamado Antares, quien no sería sino un trasunto de sí mismo. Las razones que esgrimió la crítica, especialmente Milá y Montanals y Menénez Pelayo — curiosamente, prestigiosos escritores como Clarín, Valera, la Pardo Bazán, Valera o Galdós no entrarían en la polémica, afanados como estaban en la defensa o detracción del naturalismo3 —, fueron, sin duda, de peso. El texto que Betés publicó, esas dos escuetas escenas sin prólogo alguno, fruto, sin duda, de la prisa y de la necesidad de vencer una batalla contra la muerte que ya lo asediaba en esos días, parecía ser el de un aficionado, comentaron sus rivales con desprecio y con evidente mala intención: la edición carecía del obligado aparato crítico, bien era cierto; no se citaba las fuentes de su trabajo en ningún momento; ni se mencionaba el archivo, la biblioteca o el lugar de procedencia donde se había encontrado el supuesto legajo; y, para colmo de males, la edición que el lector podía leer había sido adaptada al castellano moderno, evitando cualquier arcaísmo lingüístico, expurgando, en consecuencia, al texto de cualquier singularidad literaria que nos recordara la literatura del siglo de Oro. Para la crítica oficial, no cabía ninguna duda, Florencio Betés era el exclusivo autor de esas dos escenas de Los amores fingidos; y su objetivo no era otro que reírse y parodiar la noble ciencia de la Filología. A los mordaces ataques vertidos contra Florencio Betés, que habían sido especialmente encabezados por el veterano Milá y Fontanals, respondió aquel poniendo en entredicho la honradez del catalán; dictaminando que el era tan autor de Los amores fingidos como Milá y Fontanals podía ser autor del Curial e Güelfa, novela que ya se especulaba en esa época que pudiera haber sido escrita por el medievalista catalán en un ejerció de tácita falsificación histórica. Gruesas palabras que demuestran hasta qué punto llegó la enconada disputa entres los dos eruditos en aquellos conflictivos días en la que las modas literarias, la recepción de Zola en España, o la publicación de las primeras novelas espiritualistas de los rusos, de Tolstoi y Dostoyevski a la cabeza, señalaban otro camino, y la vieja polémica surgida en tiempos de “La Gloriosa” no despertaba ya ningún interés, ningún eco, ninguna animadversión y ningún entusiasmo. La precipitada muerte de Florencio Betés, acaecida, ¡paradojas del destino!, el mismo año de la defunción de Milá y Fontanals, desafortunadamente, dio al traste con su monumental proyecto de realizar una edición completa de Los amores fingidos en La España moderna, malogrando, además, el proyecto de sacar a la luz el resto de la de las obras conocidas hasta ese momento de Antares, especialmente su extensísima novela en verso, El telar de Penélope, complicando más si cabe esta otra palpitante cuestión en los años venideros. Un profundo mar de silencio sepultaría las obras de Antares, convirtiéndose en poco más que un eco distante en la memoria colectiva. Nadie supo con seguridad adónde fueron a parar las obras descubiertas por el filólogo zaragozano, aunque quedó la sospecha de que este maravilloso legado pasara a manos de Dorotea, la joven amante del erudito, quien pudo conservarlo hasta su tardía muerte, acaecida en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera.
Vicisitudes de un supuesto legajo apócrifo (continuará)
- Los libros perdidos (1868), Zaragoza, Imprenta de García Herrera. ↩︎
- Paul Lafargue, el famoso escritor de El derecho a la pereza, quien, por cierto, deambulaba por España en aquellos días y acudiría al congreso secreto que se celebraría en Zaragoza en 1872. ↩︎
- La cuestión palpitante de Pardo Bazán, fue publicada en 1883, con prólogo de Clarín. ↩︎
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